jueves, 13 de septiembre de 2007

Crónicas del Siglo XX: La guerra de los seis días

También conocida entre el pueblo árabe como la guerra de junio, éste acontecimiento marcó un antes y un después en Oriente Medio.

La década de los 60 fue sin lugar a dudas una de las épocas que más ha influido en el curso de la historia moderna. Si se me permite decirlo así, la década de los 60 fue el cierre de exclamación al grito de incertidumbre acerca del futuro que se abría en los años 40 con motivo de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). Ésta catapultó al púlpito a dos grandes superpotencias, la URSS y los EE.UU., y sólo había una batuta. Sin embargo, por paradójico que nos parezca, sería el nacimiento de una insignificante nación, la que a su vez marcaría el paso a estas dos superpotencias, hablamos del estado de Israel, fundado allá por el año 1948.

Se pueden contar más de una decena de importantísimos acontecimientos acaecidos en ésta década de los 60. Entre ellos la desocupación de las últimas colonias europeas; el fin de la carrera espacial, la fundación de la bases sobre las que se construiría la Comunidad Económica Europea, actual Unión Europea; o el estallido de la guerra de Vietnam. O simplemente personajes de la envergadura del Che Guevara, John Fitzgerald Kennedy o Martin Luther King, entre otros. O más triviales, en el mundo de la música, pero que han dejado también su huella, tales como Elvis Presley, los Beatles, o los Rolling Stones. Y por si esto fuera poco, en ésta década, la humanidad estuvo al borde al menos en dos ocasiones de una tercera Guerra Mundial. Una de ellas con holocausto nuclear incluido pendiente de un hilo; de un hilo telefónico, el que se creo entre Washington y Moscú, el llamado teléfono rojo, durante la Crisis de los Misiles de Cuba.

No obstante, hubo otro acontecimiento de igual o mayor relevancia. A modo de simil: “Los demás hechos… ¿no están escritos en el libro de las Crónicas de los reyes de Judá?”*

Hablamos de la tercera guerra árabe-judía, en los primero días de junio de 1967. Éste año se cumplía su cuadragésimo aniversario. Con ese motivo, algunas publicaciones internacionales publicaban extensos reportajes, como la BBC. Y de manera casi casual llegaba a mis manos gracias a un coleccionable, de estos que tanto vemos en los kioscos, el libro de Michael B. Oren, titulado La Guerra de los Seis Días. Huelga decir que los medios informativos españoles, haciendo gala de su antisemitismo, apenas, si es que nada, se hicieron eco de la noticia.

Pero qué hizo de la Guerra de los Seis Días un acontecimiento tan relevante para la historia. Para eso hay que conocer los antecedentes…

Por el año 1967 Israel era un estado muy joven, recordemos que fue fundado en el 1948, casi como objeto de compensación por el holocausto judío. No obstante, al contrario de lo que muchos piensan, antes de ésta fecha ya había judíos conviviendo en Palestina bajo la autoridad colonial británica. Digo conviviendo, porque en efecto coexistían con los ascendientes de los actuales palestinos.

La idea de un estado judío empezaba a cobrar forma sobre mediados del siglo XIX, bajo el movimiento denominado como sionismo. Sion es el monte sobre el cual se halla asentada la ciudad de Jerusalén. En verdad, el sionismo tan sólo era una forma de revivir los sentimientos del Salmo 137; escrito muchos siglos antes, en el periodo del destierro babilónico.

Junto a los ríos de Babilonia,
nos sentábamos y llorábamos,
al acordarnos de Sion.

Antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial, los judíos asentados en Palestina, en palabras del propio Michael B. Oren, eran ya una nación de hecho, un estado incipiente. Con instituciones tanto sociales, económicas y educativas que superaron en poco tiempo a las facilitadas por la metrópolis.

Pero en ojos de los palestinos, quienes llevaban ya siglos habitando ésta tierra, éste vertiginoso desarrollo de la Yishuv, o comunidad judía en Palestina, sólo les parecía otra agresión más del imperialismo occidental. A pesar de qué esta comunidad tenía las mismas ambiciones que los propios palestinos, la independencia del dominio colonial, y pese a que los judíos hasta entonces habían sido tolerados por el Islam durante mucho tiempo, los palestinos no hacían distinción entre estos y los británicos. No se concebía un estado extranjero en el propio corazón del mundo árabe. Según Oren eso sólo lo veían como otra odiosa forma de colonialismo.

Hasta que en 1936, tres grandes oleadas de emigración judía culminó con la revuelta árabe contra los británicos y los propios judíos. Su duración fue de tres años y terminó con el exilio de muchos de los líderes árabes de Palestina y el debilitamiento de su economía. En cambio, la Yishuv, crecía con fuerza.

Pero no todo quedó en aguas de borrajas. Los británicos que hasta ahora habían jugado a dos bandas, haciendo sendas promesas de independencia a judíos y palestinos, temerosos de que se radicalizase la posición musulmana y se extendiese al resto de las colonias árabes, anularon bajo decreto la “Declaración Balfour,” la promesa de un futuro estado judío. Si bien, ya era tarde. Como quien dice, parecía que todo estaba predestinado. La causa palestina cobró simpatía entre el resto de naciones árabes, los propios palestinos habían optado por una postura radical, según Oren, Hajj Amin al-Husayni, quien se autoproclamó representante de los árabes en Palestina, ligó su suerte a la de Hitler: aniquilar la “raza judía.” Pero si durante el periodo de 1939-1945 parecía que el sionismo había sido neutralizado, con el fin de la Segunda Guerra Mundial el sionismo resurgió con ansias de venganza. El holocausto se había cobrado la vida de entre cinco y seis millones de judíos; y en buena parte por culpa del decreto “White Paper” que años atrás había anulado la “Declaración Balfour.”

Con el apoyo del presidente de EE.UU. Harry Truman y el enconado esfuerzo del sionismo, en 1947 Gran Bretaña renunció a su capacidad resolutiva sobre Palestina, pasándole el testigo a unas jovencísimas Naciones Unidas, cuya Asamblea General resolvió la creación de dos estados en Palestina, uno árabe y otro judío. A lo cual se opusieron los propios palestinos. Concurriendo, el día siguiente a la resolución, en un ataque contra diversos asentamientos judíos. Estos aun tardarían unos meses en pasar a la ofensiva, pero una vez iniciaron la operación ésta resultó todo un éxito, logrando salvar todos los asentamientos. La reacción palestina fue de terror, asustados por las posibles represalias, cientos de miles de palestinos huyeron en espera de que el resto de las fuerzas árabes de las naciones vecinas intervinieran y expulsaran a los llamados “usurpadores” judíos.

Así en mayo de 1948 las naciones árabes se lanzaron al ataque en lo que ellos mismos denominaron “una acción policial.” Pero para el otoño de 1948 las recientemente creadas Fuerzas de Defensa de Israel (IDF), conocidas como Tsahal, habían conseguido detener en la frontera a las fuerzas invasoras, e incluso hacer retroceder a Egipto. De modo que a principios de 1949 El Cairo solicitó el Armisticio. La Guerra de la Independencia, como la habían llamado los israelíes supuso toda una victoria.

Si bien ésta sólo logró alojar más resentimiento en el corazón de Ismael, hacia su hermano Isaac**. Esto se tradujo a lo largo de toda la siguiente década en continuas incursiones sobre Eretz Israel por grupos apoyados por Egipto y las represalias de la IDF a estos ataques. Egipto también dio lugar al incumplimiento reiterado del armisticio, llegando a su punto álgido en el bloqueo de los estrechos de Tirán, una pequeña embocadura, al sur de la península del Sinaí y que es para Israel, lo que para Occidente es el Canal de Suez. Canal que en estos años el propio Egipto nacionalizó.

También fue en ésta década, cuando la URRS dejó su tradicional postura pro-israelí a favor de las naciones árabes. En palabras de Oren la URSS ya no podía sacar nada más del sionismo, pues el Imperio Británico estaba en vías de desaparición, Israel era un modelo de estado capitalista y además la alineación de las naciones árabes a la causa comunista permitiría amenazar el suministro de petróleo a Occidente.

Estas circunstancias llevaron a los estados israelíes, británicos y franceses a una alianza militar contra Egipto con el fin de liberar tanto el Canal de Suez, como poner fin al bloqueo de los estrechos de Tirán. Si bien la comunidad internacional, quien no consideraba una agresión la nacionalización del Canal, condenó la acción de británicos y franceses; mientras que, consternada por los ataques terroristas y el bloqueo de los estrechos de Tirán, defendió la legitimidad de la acción israelí.

Así, el último capítulo del colonialismo europeo en Oriente Próximo llegaba a su fin, y en su lugar mediaba la Asamblea General de las Naciones Unidas. Que finalmente alcanzaba una solución consensuada por ambas partes, que consistiría en desplegar una fuerza de pacificación, denominada UNEF, en la propia península del Sinaí; bajo el siguiente prerrequisito: Egipto podría volver a prescindir de ésta fuerza sólo después de que la Asamblea General diese el visto bueno. Por otro lado Israel podría responder en defensa propia de acuerdo al artículo 51 de la Carta de las Naciones Unidas si los estrechos de Tirán volvían a ser bloqueados.

Así pues, el resultado fue igualmente favorable para ambos bandos. Nasser, el lider egipcio, se jactaba de haber vencido al colonialismo europeo. E Israel, si bien no había alcanzado el reconocimiento del pueblo árabe y había perdido el apoyo de la URSS, sí había logrado el respeto del resto del mundo. Y pese al fracaso de la paz, al menos habían logrado 10 años de relativa calma. En palabras del autor de La Guerra de los Seis Días: “una sólida década de desarrollo.”


Corría octubre del año 1956 y en efecto, pasaría una década hasta la próxima guerra árabe-judía: La Guerra de los Seis días. Continuará.

* Expresión extraída del libro de los Reyes, onceavo y decimosegundo del Antiguo Testamento, que hace referencia a los otros dos libros históricos que al igual que estos narran principalmente la historia de Israel durante las dinastías davídicas.
** Isaac e Ismael son los dos hijos que le nacieron al patriarca Abraham, cada uno de distinta madre. De acuerdo con las Escrituras, Isaac hijo de Sarai, esposa de Abraham, e Ismael, hijo de Agar, sierva de Sarai. No obstante, los ismaelitas, el pueblo árabe, niega ésta versión, e incluso afirman que no fue Isaac a quien Dios pidió a Abraham que sacrificase sobre el monte Moriah, en Sión, sino a Ismael.

sábado, 25 de agosto de 2007

1. Respeto: ¿Qué hora tienes?

De ser el respeto un reloj en nuestra muñeca me atrevería a decir que pocos andan en hora, al menos sincronizados. No obstante siempre hay quienes estiman que un reloj en hora es aquel que ronda dos, cinco, ocho o más minutos sobre la hora exacta; a priori el reloj marcha. Pero, en realidad no esta cumpliendo su función.

Asimismo hay multitud de definiciones acerca del respeto, y escribir una sería tan sólo eso. Sería como dar la hora con un desfase, minuto arriba o minuto abajo, que de entrar en nuestro margen de lo que es un "reloj en hora” sabríamos consentir. Pero por más que nos gustase al final no lo podríamos resistir, ya que muchos adelantos o retrasos a la postre producen un cambio horario. Lo que traducido en términos sociológicos significa un distanciamiento entre las personas. Y así como en el planeta hay distintas zonas horarias, en la sociedad hay distintos grupos; y no me vengo a referir a clases económicas o culturales, sino en efecto a credos acerca del respeto.

No hay nada más que ver la sociedad que nos ha tocado dar vida… Nunca antes habían sido tan cortas las distancias entre las personas, ni tan siquiera la diferencia en cuanto a la capacidad de acceder a la cultura o a la información, y aún si me apuras, en cuanto al nivel económico ya que se aprecia una uniformidad a amplios intervalos. Y en cambio, nunca antes hubo una sociedad tan polarizada en cuanto al afecto y al respeto entre unos y otros. Aun dentro de los propios núcleos sociales las personas, pese a rozarse por la calle o cuando entran en el ascensor, se prestan a alejarse a un millón de kilómetros las unas de las otras.

Desde luego que la manecilla no debe marcar bien. Y no me refiero a la grande, puesto que si aún en el seno familiar se está diluyendo el respeto, el desfase debe afectar ya a la que marca las horas. Si es que no ha llegado a influir el calendario.

• ¿Cómo recuperaremos las horas perdidas, si es que no fueron días?

Ni tan siquiera me planteo la posibilidad de que esto sea posible. Menos que sea una de esas cosas que se puedan arreglar con una acertada definición o unas emotivas palabras. Existe una expresión muy viva que dice: “si algo falta, no lo reproches, ¡súplelo!” Supongo que esto es igual, porque lo más importante no es que te respeten, sino que respetes, y en el mejor de los casos quizás por el ejemplo, algo mucho más valioso que unas palabrejas como éstas, alguien aprenda a respetar. Si bien, este debe ser el último fin de nuestros actos, porque quizás jamás nadie valore tu ejemplo y entonces sientas el desaliento y a la postre abandones el buen ejemplo.

• Y qué hay de las afirmaciones… yo respeto si me respetan, les respetaré cuando aprendan a respetar,…

Supongo que estas afirmaciones, aclaro, estas injustas afirmaciones, debe ser uno de esos cambios horarios de los que antes hablábamos y a los que ya tanto nos hemos acostumbrado. Nuestra sociedad presume de ser muy tolerante, pero solo es tolerante con quien la tolera. Porque es fácil amar a los amigos. Pero eso no es lo que nos enseñó Jesús, sino: “Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen.”

• ¿Cómo o quién puede devolver la coherencia a nuestros relojes?

Si tuviéramos que sincronizar todos los relojes del mundo en el acto, cogeríamos de todos sólo uno, para usarlo como referencia. Si además quisiéramos que dieran la hora más exacta posible, nuestra referencia sería aquel con más prestigio, nos referimos a un reloj atómico, puesto que es el que tiene mayor precisión, dado que su mecanismo está basado en la frecuencia de vibración atómica de cierto elemento químico.
Asimismo, para poner en hora el respeto bien es cierto que podíamos tomar alguna filosofía o religión como referencia, algunas bastante dignas, pero si queremos ser exactos, hemos de ser sinceros con nosotros mismos y reconocer que ningún hombre tiene la autoridad moral, ya por la palabra o por sus hechos de establecer qué es el respeto. En cambio la Biblia, que es la Palabra de Dios y Jesucristo quien es el propio Verbo hecho carne, la tienen. Pues precisamente, estarán todos de acuerdo conmigo, que visto como manual de ética y moral es excelente, fuente de inspiración para muchos. Pero yo, particularmente, voy más allá. Además es el único libro, pese a poder resultar utópico para el común de los mortales, que su propio autor ha puesto en obra. Evidentemente hablamos de Jesús, Dios hecho común de los mortales. Quien para cumplir su Palabra, dada por medio de los profetas, se humilló como el más común de los gusanos.

Bueno, existen varios argumentos para sostener que esto último es verdad, pero en este caso sólo nos vamos a referir a uno un tanto inusual. Es en lo que en sociología se conoce como teoría del Doble Vínculo o Doble Constreñimiento. En esencia un doble constreñimiento son dos imperativos de la misma calidad en conflicto, es decir, que se contradicen, y por lo cual ninguno de los dos puede ser ignorado. Lo cual deja al receptor ante una disyuntiva irresoluble, pues el cumplimiento de cualquiera de las dos demandas anula a la otra. Eso es una experiencia de doble vínculo, algo que exige que se resuelva un problema inevitablemente insoluble, algo artificial o ficticio, algo que por simple definición no tiene sentido en el Universo.
Unos ejemplos prácticos serían:
- Nunca me aceptes un consejo.
- Ninguna generalización tiene sentido
- O un aviso que reza: “no lea este aviso.”
- O el simple hecho de que uno asegure que “cuestiona la autoridad de X.” Lo cual le obliga a reconocer la primacía de tal autoridad.

Teniendo en cuenta estos términos entendemos la cita de Eliezer S. Yudkowsky que dice: “Usted no puede escribir un cuento en el que uno de los personajes sea más listo que usted; por definición, si usted supiera lo que ese personaje haría, usted sería tan listo como él.”
Es decir, afirmar que un hombre, y no Dios, inspiró las Escrituras es un doble constreñimiento. Porque en primer lugar no puede cuestionarlo si primero no lo reconoce, y en segundo lugar, estaría afirmando que el hombre ha inventado un personaje, más listo, más poderoso, y lo que plantea la mayor disyuntiva de todas, un ser con una moral infinitamente más elevada que la de todos nosotros juntos. Por tanto si Dios es, es que existe.*

Pero lo que es aún más ilustrativo. El simple hecho de que un hombre anhele un estado superior de paz, o lo que para mi es lo mismo, un estado de felicidad completa. Y persiga este fin por todos los medios puestos a su alcance, su moralidad, y a pesar de todo no pueda ponerla en práctica, aún por muy débil que ésta sea; necesariamente nos habla que alguien superior y ajeno al hombre, pero no necesariamente lejano, ha debido dejar ese anhelo en su corazón, llámese consciencia (Romanos 2:11-16). Porque en caso contrario, en el caso de no haber Dios, los propios designios humanos serían una experiencia de doble constreñimiento. Cosa que ineludiblemente hubiera acabado con la existencia humana, o al menos con lo que nos hace precisamente humanos. Ya que la existencia humana sería un problema inevitablemente insoluble si por sí misma, cada individuo pretende la felicidad en base a su moralidad, léase ley, y a su vez la quebranta con motivo de su propia búsqueda de la felicidad.
Por tanto, o bien reconocemos que la conciencia es obra de la Ley de Dios en los corazones, y por tanto la prueba de que Dios es, o bien somos los más miserables seres de la casualidad sin causalidad, los condenados a la infelicidad.
Como diría C.S. Lewis: “Si tengo un deseo que nada en este mundo puede saciar, deduzco que no fui hecho para este mundo.” Por tanto deduzco que el hombre no puede vivir lejos de Dios. Que su vida incongruente es debido a que intenta saciar con cosas rudimentarias sus ansias de paz. Que no sabe ni entiende, y por eso no halla la felicidad. Porque la felicidad es Cristo, porque fuimos hecho para vivir cerca de Él. Continúa.

* Tengamos en cuenta que el Dios que describe las Sagradas Escrituras es único. Claro está que para empezar habría que leerlas, pero rápidamente nos daríamos cuenta que en nada tiene que ver con los dioses del olimpo (u otros politeístas), ni aún con el que nos habla el Islam, aun cuando Mahoma afirmaría haber oído la misma voz que oyeran los profetas del Antiguo Testamento y el propio Jesús, solo que no reconocería que Éste era el propio Dios hecho hombre. Cosa sin ecuánime en todos los tiempos, inimaginable por la mente humana, que un Dios se hiciera hombre.

martes, 7 de agosto de 2007

nueva lista BOX Clásica


Me ha costado, pero por fin tengo terminada la lista de música clásica. No son todas las que son, pero tampoco son todas las que antes desconocí.
El caso es que es tremendamente difícil buscar los himnos porque, primero uno está pegado en el tema y conoce de oídas, pero no de títulos. Y luego si conoce los títulos, los conoce en español, como por ejemplo el Vuelo de las Walkirias. Pero hay que buscarlo en el idioma original, en este caso alemán, lo cual lo hace más difícil. En fin, se han quedado unas pocas en el tintero, y he hecho alguna trampa para completar la lista, es decir que no son de mi devoción.
Pero lo importante es que ya la he acabado y la podré pinchar mientras estudio, o para coger el sueño y pegarme una siesta. Bueno, espero que me sirva más para lo primero, o nos sirva si es que estás en las mismas que yo, con miras a septiembre.

miércoles, 18 de julio de 2007

Seís días contra el Atlántico

Un trabajo de 20minutos por los reporteros Eneko, J. Rada y J.A. González.

Un reportaje-cómic sobre la llegada de inmigrantes a Canárias

Trasladamos a cómic el testimonio de un liberiano que emigró a España,"lo más parecido al paraíso", en un cayuco para escapar de la guerra.

Jacques Kamra. Edad 27 años - Nació en Koyoma, una pequeña aldea del norte de Liberia - No tiene Familia, hijo único. Su padre, agricultor, murió en el guerra. Su madre desplazada a Gambia, también falleció - Llegó a Gran Canaria en abril en un cayuco - Vive en Madrid; duerme en una estación de tren.

Tierra de misioneros blancos y sueños negros. De ahí viene Jacques Kamra: LIberia. El cuerno de oro ensangrentado: escupitajos de tóxico betel y balas trazadoras. Zum Zum, y estás muerto.¿Miedo al cayuco? Nunca, miedo a la "bloody shit" (mierda sangrienta) de la tierra natal. Do you understand my point?, pregunta Jacques.
¿Entendemos su punto de vista?: nomada obligado para dejar atrás la guerra (primero Gambia, luego Senegal y Mauritania), ahorrando siete años, centavo a centavo los mil euros para la mafia del cayuco, seís días en el mar y, hace un mes, Madrid. No le deportarán, Liberia no existe para España."

Mesi, mesi español", canta ahora, con su ropita de la caridad. ¿Qué? "Gracias español" ¿Por qué? "Por cuidarnos, por abrir la puerta a los africanos".

























domingo, 24 de junio de 2007

Y entonces... ¡entendí el perdón!

- Kate: Quiero contarte lo que hice. Porqué me perseguía.
- Héroe: No importa Kate quienes eramos, hicimos antes de esto. Antes del accidente. Realmente... todos morimos hace tres días. Sí. Tenemos derecho a empezar de nuevo.
- Kate: De acuerdo.
- Héroe: De acuerdo.

Kate había sido perdonada. Se había perdido sí, pero no su persona, sino su pasado.
Llegan las vacaciones y el tiempo libre por suerte, o por desgracia cuando no sabes en que gastarlo, se multiplica. El caso es que como buen aficionado a las teleseries me propuse echar un vistazo a Perdidos (lost) y con eso ampliar el género (Héroes, Me llamo Earl, Stargate,...).

Pues bien, por lo visto dicen que es muy buena. Pero hasta aquí sólo he visto el tercer capítulo de la primera temporada y... sí, me lo debe de parecer, (nota mental) porque ya estoy escribiendo sobre ella. Está bien que sea todo lo surrealista que quiera ser, pero acostumbrado a ver Star Trek, un oso polar por medio de la selva es una anécdota para mí de lo menos impresionante. En cambio, lo que sí me ha llamado la atención es la carga espiritual de la serie, que en pocos minutos, en el ocaso de este capítulo, resulta realmente revelador.

Tal vez los héroes no existan, decía una voz en off mientras la película proyectaba sus últimas imágenes en Bandera de nuestros padres, los héroes son algo que necesitamos, es nuestra forma de comprender lo incomprensible. Cómo puede alguien sacrificarse tanto por los demás.

Jack Shepard, el protagonista de nuestra serie, no se consideraba un héroe, él sólo hacia lo que creía correcto. Su profesión era la medicina; y cuando intentaba mediar en una discusión, sólo hacía eso, lo que creía correcto. Nunca pretendió ser un héroe, pero así lo veía la gente. Aún el que lo llamó sarcásticamente así, debió ser porque en su fuero interno así lo sentía. Todos estaban traumatizados. Todos necesitaban un héroe. Todos gritaban a lo Bonnie Tyler, pero con más dramatismo, ¡I need a hero! I'm holding out for a hero till the end of the night.

No obstante, algunos como Kate o aquel que sarcásticamente se refería a Jack como el "héroe", parecían no necesitarlo, probablemente ellos mismos, a su forma, también eran héroes. Pero hasta los héroes necesitan creer en héroes, y Jack no era menos. Probablemente por ese motivo resultaba tan comprensible con Kate y los demás. Digamos que él necesitaba también de su propia medicina. Después de todo, un héroe, como diría Emerson, sólo es una persona corriente que ha decidido no retroceder ni renunciar a sus valores.

Aquellos mismos valores que tanta admiración causaban entre los "sobrevivientes", marcaban la diferencia entre parecer un héroe o convertirse en su propio archienemigo. Es por eso que sus palabras no eran en tercera persona. Él las necesitaba tanto como Kate, o más. Quién sabe, sino fuera porque es un personaje de ficción.

En cambio, ¿y nosotros? No seremos personajes de ficción, pero también necesitamos ser perdonados. Necesitamos un "héroe/heroína", no de ficción, que nos diga en aquel momento oportuno lo que necesitamos oír: "No estamos perdidos, solo ha llegado el momento de empezar de nuevo." Porque si bien lo fácil es hacer la maleta y cambiar de aires, a menos de saberse perdonado, uno no puede empezar de nuevo olvidando lo pasado. Valga la redundancia, todo empieza por la necesidad de sentirse necesitado, porque aún por muy heroicos que nos veamos, como decíamos, hasta el mejor de los héroes necesita creer.

Como diría Pablo en su segunda carta a los corintios "Pues el amor de Cristo nos apremia, habiendo llegado a esta conclusión: que uno murió por todos, por consiguiente, todos murieron." Todo aquel que con premura crea en Cristo, como el doctor Jack Shepard, salvando el contexto, puede decir: "hace tres días (y dos mil y pico años, añado), todos morimos" allí en la Cruz, y por ende "tenemos derecho a empezar de nuevo" puesto que "si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí, son hechas nuevas."

"De manera que nosotros de ahora en adelante ya no conocemos a nadie según la carne; aunque hemos conocido a Cristo según la carne, sin embargo, ahora ya no le conocemos así." porque si hemos escuchados las palabras: "No estás perdido, ha llegado el momento de empezar de nuevo," es justo que del mismo modo tratemos así a nuestros semejantes. Porque si en la cruz todos morimos, al tercer día todos los que creeimos también hemos resucitado. En ese sentido ya no conocemos a Cristo según la carne. Ni tampoco debiéramos conocer así a nuestro prójimo, sea amigo o enemigo, si es que en verdad hemos entendido el misterio de la reconciliación.

"Todo esto procede de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por medio de Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación; a saber, que Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo mismo, no tomando en cuenta a los hombres sus transgresiones, y nos ha encomendado a nosotros la palabra de la reconciliación." Puesto que "por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos." Ese es nuestro valor, la reconciliación que es por medio de Cristo, y renunciar a tal, no solo nos convierte en enemigos de Dios, sino de nosotros mismos y de nuestros semejantes. En cambio, retenerlo es la gracia que nos convierte en héroes, es decir, personas corrientes que no retroceden, sino que cuando caen, errando, se reconcilian con Dios y Él los levanta. La gracia que nos hace embajadores/héroes que están ahí para decirte "No todo está perdido, sino que ha llegado el momento de empezar de nuevo."

"Por tanto, somos embajadores de Cristo, como si Dios rogara por medio de nosotros; en nombre de Cristo os rogamos: ¡Reconciliaos con Dios! Al que no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en El."